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Jueves 01/12/2022  

El cementerio de los ingleses

Don Mariano

A fin de cuentas, Don Mariano era esa forma que seguidores y detractores del anterior presidente del gobierno utilizábamos para referirnos a él

Publicado: 19/09/2022 ·
15:12
· Actualizado: 19/09/2022 · 15:12
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Autor

John Sullivan

John Sullivan es escritor, nacido en San Fernando. Debuta en 2021 con su primer libro, ‘Nombres de Mujer’

El cementerio de los ingleses

El autor mira a la realidad de frente para comprenderla y proponer un debate moderado

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Sé que el título de hoy puede inducir a error. A fin de cuentas, Don Mariano era esa forma que seguidores y detractores del anterior presidente del gobierno utilizábamos para referirnos a él. Unos con admiración, otros con ironía. Existía la posibilidad de llamarlo «M. Rajoy», pero viendo las conjeturas sobre esta identidad misteriosa podría inducir a error. Al menos, en la pieza judicial por los papeles de Bárcenas no se aclaran con ello. No, sarcasmos aparte, hoy quería hablar del verdadero Don Mariano. Un señor de 82 años cuyas palabras en el Ayuntamiento de San Sebastián de los Reyes se han hecho virales. Al menos, mientras se intenta esclarecer la identidad del uno, el otro ha puesto el foco sobre la lamentable situación de las residencias de mayores.

Se quejaba Don Mariano de la comida, escasa y de mala calidad que llevaba a los residentes a no probar bocado durante horas. Se quejaba de la falta de climatización de las habitaciones, habiendo soportado cuarenta grados en verano, con lo dañino que es eso para una persona mayor. Sobre este particular, la Comunidad de Madrid trató en vano de desmentir a este señor. Incluso, se quejaba del salario «miserable» (cita literal) del personal. Y lo triste es que el discurso de Don Mariano no tendrá más efecto que una investigación para decir que se hace algo y un comunicado. Ojalá me equivoque.

Esto es lo que trae la gestión privada de estos centros que deberían ser garantía de una correcta atención y cuidado de nuestros mayores dependientes. Sin embargo, en ocasiones parecen cárceles para inocentes. Cuando se externalizan estos servicios, ya sabemos lo que pasa: licitación, adjudicación al que menos dinero pida y servicios deficientes. Los recursos son escasos, las excusas sí abundan. Al final, dos se dan la mano, unos se forran, otros se quitan la pelota del tejado y nuestros mayores sufren. A no ser que vayas por plaza privada, en cuyo caso puede funcionar algo mejor aunque el coste no es sostenible para la mayoría de las familias. 1700 euros no es una cantidad que entre en todos los hogares y, menos aún, que pueda abonar el común de los mortales a las residencias sin acabar de quitarse el pan de la boca.

A riesgo de repetirme (que de hecho es lo que voy a hacer), insisto en la necesidad de una gestión y cobertura pública de las necesidades de nuestros ancianos. Primero, porque la dignidad en la vejez es un derecho que no debe depender de la renta: deben tener esa posibilidad. Segundo, porque no tiene sentido tener que investigar lo que pasa

en cada centro cuando la gestión directa haría a nuestros mandatarios estar al corriente de forma directa. Y tercero, porque se depuran responsabilidades con mayor rapidez y eficacia. Como dije con las trabajadoras de ayuda a domicilio, ya está bien de escurrir el bulto.

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