Manuel Zambrano Ballester

Publicado: 02/10/2022
Autor

José Chamorro López

José Chamorro López es un médico especialista en Medicina Interna radicado en San Fernando

Desde la Bahía

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Lo conocí precisamente cuando los juzgados estaban en la planta baja de nuestro Ayuntamiento
Lo pensarían y se lo expondrían a sí mismos y a los demás estudiosos de la época, en siglos previos, pero siempre hay en todos los hechos un icono, persona o cosa, a quien atribuirle la primicia del axioma. El gran físico francés Lavoisier, concluyó: En la naturaleza nada se crea ni se destruye, todo se transforma. Este cambiar de forma de la naturaleza es tan atractivo como sorprendente. Que perfección la del capullo que construye el gusano de seda y que asombro cuando días después sale de él una blanca mariposa, de efímera vida, utilizada para dejar el germen de una nueva existencia.

La naturaleza que siempre luce fulgurante brillantez en sus acciones, también tiene sus oscuridades, sus deseos destructivos. Y la vida de los seres orgánicos vertebrados o no, tiene un fin.

Existen hechos superficiales y de dudosa veracidad que sin embargo han dejado huellas perennes, verdaderos hábitos en la vida de las personas; sin embargo, nunca será posible acostumbrarse a la pérdida de la vida, verdad evidente por sí misma. La muerte es más ruina que rutina y nunca será querencia, sino adversidad.    

 Con el paso de los años, el ver morir una persona enerva enormemente el carácter. Se siente el deseo interior de zarandear aquel cadáver y gritarle, ante la ausencia de respuesta, ¡háblame¡ Luego se comprende la imposibilidad, el fracaso de cualquier intento que queramos realizar con el ánimo de devolverle a la vida. El "levántate y anda" solo funcionó una vez y por designio divino. 

 El pasado lunes, a este corazón mío ya cansado de tanto "mirar sin ver", de tanto buscar una puerta que abra hacia el jardín, paraíso o edén, una nueva herida, que nunca llegará a la cicatrización, le ha tocado padecer.  Su mejor amigo Manuel ZAMBRANO BALLESTER, excelso nonagenario, había consumido todas las fuerzas de su vida y sufrió el paro cardiorrespiratorio mortal. Aún conservaba su calor natural, cuando llegué a verlo. Acepté su fin. A D. Manuel, Magistrado/Juez durante tantos años en San Fernando, le conocí precisamente cuando los juzgados estaban en la planta baja de nuestro Ayuntamiento. Eran tiempos en que la persona del juez imponía máximo respeto y seriedad inigualable. Pero me encontré con una persona amable, de exquisito trato, muy atento a lo que se le exponía, transparente en sus explicaciones, prudente y firme en sus decisiones. Así era D. Manuel. Y así lo consideraban aquellos con los que tuvo un trato cercano o profesional. Todos sabían que con él, el fiel de la balanza de la justicia, solo se inclinaba hacia el lado de la verdad.  Nunca fue caña que se doblegara según los vientos, sino tronco rígido y de profunda raíz, impertérrito ante las variaciones climatológicas que la vida diaria - y en tiempos modernos de intentos de intromisión política en la justicia - que intentan imponer.

 Se  dio sepultura a su cuerpo en el cementerio de nuestra amada Isla. Le dirigimos nuestras últimas oraciones. Pero yo sabía que mi amigo Manolo ya no estaba allí. Nunca soportó un lugar frío y húmedo. Era el momento de la fe. Su alma pulsaba el llamador de las puertas de la gloria. Allí le recibiría con sus brazos abierto El Creador. Cuanto hubiéramos dado todos los asistentes al sepelio por oír al menos los ecos de la conversación entre un verdadero juez y el Juez verdadero y supremo. Es posible que fuera tan distendida que quizás le estuviera reprimiendo como era "tan mala pareja" en el juego del dominó con su amigo, pues no ganaron ni una sola vez. Porque lo demás de su vida lo conocía perfectamente: esposo cariñoso y fiel, padre ejemplar en la ternura, la reprimenda, el sabio consejo, la disciplina y la responsabilidad. Sus hijos saben y sienten la ausencia de la riqueza humana que en su hogar tenían. Blando y suave como almohada de algodón con sus nietos.  Los amigos sabíamos lo inquebrantable de su amistad. Los compañeros de profesión eran participes del respeto y admiración que hacia ellos sentía. Los conocidos tenían en él a un hombre siempre dispuesto a extenderle su mano y los ciudadanos un gran administrador de la justicia. Como docente, los éxitos de sus alumnos confirman su elevada calidad en este sentido y como ciudadano, la Isla de León aparte de la categoría profesional que él le dio elevándola a magistratura, se construyó el primer Palacio de Justicia isleño. Académico, supo separar con claridad ciencia y religión siendo intelectual, creyente y católico. Con estas credenciales es lógico pensar, que el Dios de Sinaí lo haya recibido abrazándole efusivamente. Y yo me volví de aquel duelo pensando en la conclusión del gran físico francés y con la creencia absoluta de que la reconstrucción de los cuerpos, al solo existir transformación, es más que posible para un Dios siempre todopoderoso y me sentí feliz porque sé que nuestro reencuentro, también es un axioma. 

 

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