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Jueves 01/12/2022  

El cementerio de los ingleses

Y las ondas se quedan solas

Usted ya parte hacia celestiales puertos, como a los puertos se fue la Lola y su colina de ondas, como la Isla, se queda sola

Publicado: 06/10/2022 ·
12:10
· Actualizado: 06/10/2022 · 12:11
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Autor

John Sullivan

John Sullivan es escritor, nacido en San Fernando. Debuta en 2021 con su primer libro, ‘Nombres de Mujer’

El cementerio de los ingleses

El autor mira a la realidad de frente para comprenderla y proponer un debate moderado

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Hace unos días, se nos fue Jesús Quintero. La colina yace sola y yerma tras la marcha del vagamundo. Es de sobra conocido que su salud andaba delicada y que el tiempo, como la vida, pasa inescrutable para todos. Un día, llega el fin para el común de los mortales. Pero ese cuerdo al que llamaban «loco» no era un mortal común. Gracias a las grabaciones y a ese almacén del totum revolutum que es Internet, nos quedarán sus palabras, sus silencios, sus miradas... Era imposible escapar del embrujo que atesoraba su ser y que, aún sin haberlo conocido en persona, atrapaba al más pintado aunque estuviera tras la barrera de la pantalla o el transistor. Él cruzaba a su antojo la difusa frontera entre la genialidad y la locura y a los demás, no nos quedaba otra cosa que dejarnos hechizar por esa voz y ese verbo que nos removía los adentros y nos obligaba a pensar. No quería escribir esto, quería engañarme y pensar que aún habría una vez más con su magia en las ondas. Pero es la realidad la que se impone y, al menos, quería rendirle honores en este «adiós» con ínfulas de «hasta siempre». Es por eso que la columna de hoy será mi despedida a ese maestro de las ondas del que siempre quise ser aprendiz. Y mi panegírico hacia el genio de la colina dice así:

No sabe usted, maestro, la tristeza que me embarga. Aunque ya hacía tiempo que no se le veía al frente de un programa o delante de ningún micrófono, algunos devotos de su palabra teníamos la esperanza de que llegara una última vez. Quien dice «última», dice «una más». Una ración más de esa magia que desprendía su voz y ese ambiente que creaba donde cada invitado se veía atrapado: esa atmósfera, que seducía o apresaba entre la media luz y el humo de tabaco, de la que nadie quiso escapar. Los amantes del medio y de la genialidad estamos de luto: nuestro referente, el último baluarte de la comunicación honesta y con buen gusto, ha partido hacia las estrellas.

Aunque no pude conocerle en persona, admito con seguridad que me habría sentido tan abrumado que mi propia admiración me impediría decirle lo mucho que le admiro ni cuánto intenté aprender de usted. Siempre le mencionaré como aquel maestro que nunca supo que me tenía como aspirante a aprendiz suyo. Veía cada entrevista, repasaba cada gesto, cada silencio, cada palabra... Aún no siendo comunicador, pues lo mío es juntar letras, quería respirar desde dentro esa atmósfera bohemia que nos regalaba cada vez que su voz removía nuestras emociones desde la radio o la televisión. En esta era donde las entrevistas se dan con aceite de masaje o con guadaña de odio

según el nombre del personaje, no es difícil añorar su ecuanimidad para con sus contertulios, creando momentos de complicidad o tensión en su justa medida y exprimiendo al máximo el potencial de cada entrevista. Su firmeza calmada, su voz profunda y esa mirada, incisiva y penetrante, no volverán más que en esas grabaciones y vídeos que nos recuerdan que hay que salir de la norma como el perro verde y ser listo como los ratones coloraos para captar una pequeña parte de su esencia. También nos recuerdan que vivimos unos tiempos en que haría falta una legión de locos vagamundos para devolver la dignidad a un medio, el audiovisual, degradado por el poder, la corrupción y el dinero.

Quisiera alargar estas líneas hasta el infinito, quisiera no terminar jamás esta despedida... quisiera engañarme con la esperanza de conocerle un día y dejarme atrapar, seducido en esa atmósfera que usted creaba sin tantos medios como tienen los programas mediocres de hoy día. Pero, como digo, la realidad se impone y sería vano y banal tratar de retener al alma libre, a la presencia bandolera y bohemia, a quien nunca se vendió ni mucho menos rindió la espada. Sólo queda admirar y añorar su magia y, como decía usted en algún programa, esperar otras voces dignas de coronar esa colina que deja usted yerma con su marcha. Usted ya parte hacia celestiales puertos, como a los puertos se fue la Lola y su colina de ondas, como la Isla, se queda sola. Descanse en paz, don Jesús Quintero.

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