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19/05/2024  

Desde la Bahía

El eterno Boabdil

En el siglo XX surgen de nuevo personalidades muy admiradas -Stalin y Hitler- de consecuencias trágicas por las dramáticas guerras que originaron

Granada es un blanco y elevado lienzo sobre el que pintaron una fortaleza de color rojo alhambra y le dieron luz con el pincel de la creencia cristiana. Aixa, madre del Rey Boabdil El Chico, con el que le unía además una especie de “complejo de Edipo conspirador” nunca le llegó a decir a su hijo “no llores como una mujer, lo que no supiste defender como un hombre”. Boabdil más que enemigo fue un aliado de los Reyes Católicos dispuesto, por alcanzar el trono, a ceder terreno a los cristianos y llegar a entregar la ciudad sin enfrentamientos cruentos. Muley Hacén, emir de Granada, sabía muy bien que su hijo Boabdil, a pesar de sus modales elegantes y afables, nunca podría ser un buen rey de Granada y acabó dejándole el trono a su muerte a su hermano apodado El Zagal. Las faldas y los líos que conllevan, se tienen la afinidad de la abeja por el cáliz de las flores y Aixa -relegada por el rey por una concubina cristiana- unida a su hijo llevaron a cabo una rebelión que obligó a los corazones granadinos de aquella época a dicotomizarse en dos bandos irreconciliables. Boabdil fue apresado en dos ocasiones y en ambas se llegó a una serie de pactos entre los que se incluía el ser nombrado Rey de Granada, prometer finalmente la entrega de la ciudad a los cristianos y ser fiel aliado de los mismos. Todo acabó con la firma de un acuerdo entre los Reyes Católicos y Boabdil El Chico, mediante el cual se entregó a los primeros la ciudad, sin ninguna lágrima de por medio. Una mañana gélida como su nieve del 2 de enero de 1492, las Capitulaciones de Granada pusieron fin a la conquista. La cromática mariposa árabe entrega su vuelo a los aires, menos convulsos y más soñadores de la iniciación de un verdadero Estado. Un cronista vasco dijo de aquel día “que redimió a España e incluso a toda Europa de sus pecados”. Que alegría la de aquel mes de enero que vio nacer una España moderna, que sería  -sigue- envidiada por los países colindantes o de ultramar, también desde sus entrañas y por un sol receloso de que su luz no era capaz de abarcar todos sus dominios. A Carlos IV le obligaron a ir con el paso cambiado durante toda su vida. Tuvo que ser rey, pero su ilusión eran los relojes y la cacería. Tuvo que soportar que su padre (Carlos III), le llamara imbécil en alguna ocasión. María Luisa de Parma, su esposa, era un voluminoso compendio en el que cada capítulo mostraba una infidelidad y un nuevo hijo.

Fernando VII, hijo al que le correspondía la sucesión del reinado, emulando a Boabdil forzó a su padre a abdicar la Corona de España a su favor. En Europa, un general, Bonaparte, erigido emperador, era el icono sobrenatural que todo el mundo admiraba. La nación española es verdad que despreciaba a su gobierno.  Napoleón supo por su embajador que se esperaba a él como la mano salvadora del Estado. Se decidió el Emperador, apoyado por los Tratados de Basilea y Fontainebleau, intervenir abiertamente en la Monarquía de Carlos IV. Su sueño era establecer los límites de la frontera franco-española a nivel del río Ebro, anexionándose las provincias del mismo, recordando los tiempos del Imperio Carolingio. El resultado fue el secuestro de ambos reyes, obligar a Fernando VII a renunciar a la corona nuevamente a favor de su padre y ambos sufrir la humillación y el desprecio, además muy consentida, de que no eran los monarcas que España precisaba y poner a su hermano como rey de nuestro país. No hubo “lágrimas de mujer”, pero si la amenaza real de la pérdida del Estado español, que precisó una guerra tan cruenta para liberarse, que dejó toda su superficie de su extensión teñida de sangre y una frase que estremece al recordarla: “Al suelo le faltó tierra, para cubrir tanta tumba”. Desde Bailén a Arapiles y Vitoria, toda una cadena de enfrentamientos que nos hizo recuperar lo que con la conquista de Granada se consiguió y de nuevo fuimos valorados por nuestros vecinos y el propio emperador dijo, a pesar de que nos despreciaba, “que los españoles se comportaron como un solo hombre de honor”. Pero la sombra de Boabdil estuvo presente.

En el siglo XX surgen de nuevo personalidades muy admiradas -Stalin y Hitler- de consecuencias trágicas por las dramáticas guerras que originaron. Los ideales llegaron a una España ya dividida en dos desde la antes citada Guerra de la Independencia y dio lugar a una lucha fraterna indignante donde la balanza tenía que inclinarse hacía un lado u otro, porque el empate no satisface los odios, pero ambos bloques, tal como posteriormente se demostró solo tenían en su ánimo como finalización el establecimiento de una dictadura. La soportamos y finalmente nos liberamos de ella. Se proclama una nueva Constitución. España vuelve a ser un gran Estado. Se descorre el cerrojo de la puerta que Europa nos tenía cerrada y creemos que al fin hemos conseguido la estabilidad y concordia. Pero no había cultura, no se leía, se tenía fija la ignorancia en la idea de no ser una pieza más de las diecisiete, mal cohesionadas, que componen el puzle español. De nuevo surge el fantasma, ahora real, de que España puede fragmentarse hasta quedar irreconocible  y hay motín y rebelión en una de sus partes. Sin embargo, la democracia permite parcelas de poder a estos que quieren, humillándonos, separarse del resto de la nación y un gobierno que no quiere levantar sus posaderas del “sillón de mando” admite esa humillación, permite la subordinación y se genuflexa ante aquellos fuera de los límites del país, prometiéndole una ley que no solo les absolverá del delito cometido, sino que anulará todo aquello que recuerde el hecho cometido.

El Parlamento no va a olvidar nunca la humillante sesión sobre la Ley de Amnistía. La Constitución alarmada ante su posible destrucción se ha refugiado en el subsuelo de Las Cortes. Las reuniones hasta el mismo momento del comienzo del debate ridiculizan y hacen vulnerables y faltos de creencia a los asientos parlamentarios. Los intereses creados (diferentes a los del Nobel Benavente) hacen que la ley no alcance mayoría. Pero puede ser un nuevo juego sucio. El volver a la misma cuestión pasado un mes es signo de caquexia gubernamental. La película desarrollada no se sabe que argumento infundirle para que los ciudadanos muestren algún interés por ella. Pero el aire que estamos respirando, lleva un claro aroma a que de nuevo Boabdil está presente, sin lágrimas, pero de rodillas.

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