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Sábado 25/05/2024  

El cementerio de los ingleses

Lo del campo

La segunda, es que los manifestantes se estén dejando capitalizar por fuerzas políticas que votaron en contra de la ley que prohíbe vender a pérdidas

Publicado: 11/02/2024 ·
17:02
· Actualizado: 11/02/2024 · 17:02
Autor

John Sullivan

John Sullivan es escritor, nacido en San Fernando. Debuta en 2021 con su primer libro, ‘Nombres de Mujer’

El cementerio de los ingleses

El autor mira a la realidad de frente para comprenderla y proponer un debate moderado

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España lleva varios días con las carreteras cortadas, debido a las protestas en diversos puntos del país por parte del sector agropecuario. Agricultores y ganaderos están hartos, y con razón, de salir perdiendo en este juego macabro de la economía, donde algo inventado por los seres humanos para servir a los propios seres humanos está ahogando a esos mismos seres humanos. Por hacer un símil cinematográfico, Terminator es la economía y hace mucho que se rebeló contra sus creadores.

La situación es la siguiente: los productores (agricultores y ganaderos) obtienen cortas ganancias cuando no pérdidas por sus productos. No vamos a descubrir ahora la pólvora afirmando que son productos que implican mucho esfuerzo y sacrificio para obtenerlos, es algo que ya sabemos (o deberíamos). Todo para ver cómo el precio de venta al público excede con demasiadas creces lo que ellos cobraron cuando vendieron esos productos a un distribuidor o a uno de sus innumerables intermediarios. Además, se encuentran con que tienen que cumplir una serie de normativas en clave medioambiental que, aún estando bien pensadas, encarecen sus mercancías y hacen menguar sus ya de por sí parcos ingresos. Si sumamos que la Unión Europea, que impone estas normativas, mantiene acuerdos comerciales con países que no cumplen esas normativas, se crea una desigualdad de condiciones en la competencia entre productos donde, inevitablemente, salen perdiendo los de casa. Así se crea la tormenta perfecta para que tú no llegues a tu destino por carretera a tu hora porque hay treinta tractores cortándote la autovía.

Esto debería ser objeto de reflexión por varías razones. La primera, de forma inexorable, es que no se entiende cómo alguien puede legislar sobre una materia y luego importar productos que no cumplen con esa legislación. Ya puestos, podemos poner mejores condiciones a los agricultores y ganaderos que sean rubios con ojos claros y vistan camisas de cuadros de la marca ACME. La segunda, es que los manifestantes se estén dejando capitalizar por fuerzas políticas que votaron en contra de la ley que prohíbe vender a pérdidas. Es como invitar al Grinch a la cena de Nochebuena, quejarte de lo mal que estás a quien hubiera hecho (si pudiera) que estuvieras peor.

Llama la atención que uno de los que aspiran a apropiarse de la protesta sea el famoso Manolín, aquel que ya asomó la cabeza en la mal llamada huelga (paro patronal sería más exacto, además de ser ilegal) de transportistas de hace dos años. Un sujeto que cerró su empresa y dejó sin cobrar a sus empleados tratando de erigirse en adalid de los trabajadores. Es casi tan irónico como hablar de la vida laboral de Santiago Abascal.

Del mismo modo, entiendo las protestas dirigidas hacia el gobierno por ser quien tiene que elevarlas a Europa, aunque me faltan las protestas dirigidas a las grandes distribuidoras. Que, en esta tormenta perfecta, paguen una miseria a nuestros productores mientras importan productos de fuera que no cumplen con la normativa mencionada anteriormente, da habida cuenta de cómo siguen aprovechando cualquier contexto favorable para ganar un poco más (y su poco son unos cuantos millones) mientras nuestro campo se va a al garete. Y, lo más triste a mi modo de ver, es el enojo de los perjudicados por los cortes de carretera: es comprensible que te enfade no llegar a tu destino a tu hora por los cortes de carretera de los manifestantes, pero no contra quién lo diriges. En lugar de enfadarte con quienes cortan una calle o una carretera, deberías indignarte contra quien provoca la situación que les lleva a hacerlo. En fin, ya lo decía Julio Anguita, hemos perdido la costumbre de la lucha obrera.


   
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