La estación ideal

Publicado: 19/11/2023
Autor

Adelaida Bordés Benítez

Adelaida Bordés es académica de San Romualdo. Miembro de las tertulias Río Arillo y Rayuela. Escribe en Pléyade y Speculum

Hablillas

Hablillas, según palabras de la propia autora,

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El otoño nos regala este buen tiempo, ganas de pasear por las mañanas llenas de azul y anocheceres que huelen a verano
Este otoño se alarga calentando a soplidos sus días finales con una galbana rozando lo cunicular. Quienes tenemos más cabellos grises que de color en la cabeza, relacionamos estos últimos viernes de noviembre con las tardes extrañas por lo ligeramente oscuras y, sin embargo, brillantes que pintaban el fallo del premio de novela Luis Berenguer. Así las definió Antonio Gala con la serenidad que le aportó el escenario minutos antes de abrir la plica con el nombre del ganador.

El otoño nos regala este buen tiempo, ganas de pasear por las mañanas llenas de azul y anocheceres que huelen a verano. Sin embargo, también nos regala insectos que parecen estar locos, que no paran, aunque dejen de volar para frotarse las patas. A esos mosquitos pequeños que revolotean despacio mostrando su cuerpecillo de libélula y sin zumbar, se unen otros tan chicos como la punta de un alfiler, visibles por su color oscuro, su forma alargada y la rapidez de sus carreras, porque vuelan lo justo para alcanzar la mesa, un plato, el vaso y cuanto se les ponga por delante. Cuando lo han pateado todo, escapan acelerados hasta perderse, como su nombre.

Es curioso cómo unas especies parecen haber devorado a las de siempre, a esos bichitos con los que jugábamos cuando éramos pequeños. Se nos han perdido aquellos escarabajosno más largos que una uña, muy estrechos, cuyo caparazón naranja parecía estar dibujado con formas geométricas en negro, como el escudo de los nativos de una película de Tarzán, o las graciosas mariquitas, también llamadas vaquitas de san Antonio, y cómo se les cantaba breve y repetidamente para verlas despegar de las flores, disfrutando de su vuelo cadencioso y silente. Tampoco hemos visto a las aludas. Las hormigas negras han rehusado este año a desfilar pegadas al rodapié del baño o de la cocina y las moscas nos han visitado por cortesía, para no perder la costumbre, dejando la casa libre a las de la fruta que, como no han tenido bastante, también han conquistado las macetas del patinillo y, cómo no, a los nerviosos, anónimos y desconocidos que nos han allanado la morada este mes.

El otoño -con sus bichos- es la estación ideal, la elegida por una mayoría tan numerosa como para ser capaz de echar un pulso a la de la primavera. Hay magia en esos momentos de lectura a la sombra de un toldo o junto a una ventana, bajo esa luz que todo lo dora enmarcando un libro, templando las manos que lo cogen y pasan las páginas, mientras huele a lantisco al paso de Juan Lobón oTamatea se hace novia del otoño. Siempre Berenguer.


 

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