Aburimiento

Publicado: 21/01/2024
Autor

Adelaida Bordés Benítez

Adelaida Bordés es académica de San Romualdo. Miembro de las tertulias Río Arillo y Rayuela. Escribe en Pléyade y Speculum

Hablillas

Hablillas, según palabras de la propia autora,

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En cambio, sí conocieron bien el hecho de tener que hacer y no tener con qué realizarlo, llegando al límite de la desesperación en silencio y sin quejarse
Quizás, estimado lector, es lo que le producen estos renglones semanales y, tal vez, en más de una ocasión haya dejado la columna sin leer, aduciendo pérdida de tiempo o enfriamiento del café, mientras el cursor corría pantalla arriba para clicar en el aspa de la parte superior izquierda, una decisión respetada y tomada cuando uno concluye en la escasa aportación de lo leído en este caso y, en consecuencia, en el nulo entretenimiento. Este punto y seguido podría ser el final del texto, realizado sin prisa tras lograr un récor imbatible.

Sin embargo, el aburrimiento se acomoda a la persona, más bien, la persona es quien define este cansancio del ánimo por falta de estímulo o distracción, por molestia reiterada. Al leerlo en el diccionario pensamos en lo corto que se nos queda y de inmediato pensamos en que no siempre se une al ocio ni podemos empacharlo de entretenimiento, que también puede aburrir. Entonces se despliegan unas ramas que nos llevan a las distintas etapas vividas tentándonos con el análisis.

En televisión, un anuncio muestra la preocupación de un padre por la actitud de su hijo, móvil en mano, auriculares y salidas de casa sin horario de vuelta. Una imagen que nos sirve para apreciar no solo el mensaje, sino esas otras definiciones sugeridas y tan distintas a las que podrían habernos facilitado nuestros mayores, la olvidada y ocurrente “échate en agua”.

Nuestros padres y abuelos no conocieron el aburrimiento, porque hacían veinte mil cosas a lo largo del día. En cambio, sí conocieron bien el hecho de tener que hacer y no tener con qué realizarlo, llegando al límite de la desesperación en silencio y sin quejarse, para no disgustar. Y por la calle paseaban con la ilusión del matrimonio acabada de romper, escondida en el vacío de la caja de caudales, porque el dinero reunido hacía falta para socorrer una necesidad familiar, o el sufrimiento por un hermano sobreviviendo entre chapuzas al no soportar las órdenes de un maestro, o el desconsuelo por un primo tan aplicado que trabajaba en la lonja para pagarse las clases, o la hermana pequeña, sin más futuro que aprender a coser y pasar las mañanas entre ollas y sartenes y las tardes sin más color que la luz de la ventana desparramándose por las bovinas de hilo.

Hoy la vida es otra y el aburrimiento llega al punto de echarlo de menos por tantas actividades ofertadas para combatirlo, porque la elíptica obligación a no dejar un momento libre también aburre. Pero no tema, amigo lector. El suyo huye con el mandoblazo que, cual Tizona, asesta el punto final de este escrito.


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